Crecí entre dos imágenes de Acapulco: la del territorio vivido y la de un lugar construido para la mirada de otros. Su costa había sido convertida en una escenografía de luz, modernidad y deseo mediante un régimen visual que precedía mi propia experiencia. Esa distancia fue el punto de partida de una pregunta que atraviesa mi práctica artística: cómo se construye la imagen de un lugar y qué debe quedar fuera para sostenerla.
Me interesa pensar la imagen como una construcción que nunca es neutral. Toda representación selecciona, organiza y excluye. La fotografía, el cine, la publicidad, el archivo y los imaginarios de la modernidad no solo describen lugares, también participan en la formación de las ideas que los definen. Desde ahí observo cómo ciertas visiones del paisaje se consolidan mientras cuerpos, conflictos y memorias son desplazados hacia sus márgenes.
Trabajo mediante intervenciones que operan por supresión, sustitución y desplazamiento. Produzco imágenes y recurro también a materiales visuales existentes. Raspo superficies, elimino figuras, altero archivos y retiro elementos centrales. Con estas operaciones reordeno las jerarquías dentro del encuadre y abro los imaginarios heredados a otras lecturas.
Si mi idea tiene forma de piedra, trabajaré con piedras. Cada obra determina sus propios materiales y procedimientos. Piedra, polvo, hierro, luz, papel o emulsiones degradadas pueden operar como huella, residuo o evidencia. En la materia encuentro una manera de retener aquello que persiste después de una desaparición.